La verborrea del deslenguado

James Joyce

El libro [Ulises, de James Joyce] es un retrato del siglo con escape libre, sobre todo porque no se atiene a la mentalidad y las hipocresías de la época. Es como si el tiempo hablara de sí mismo, diciendo en voz alta lo que piensan, sueñan, traman, esconden los habitantes de este planeta que da tantas vueltas en torno al sol y a su ombligo y, a pesar de la claridad diurna, deja en lo oscuro quién es y cómo es aquello que se llama “la persona”.

La obra detalla sin pausa la gran cháchara, el clímax de la verborrea, la interminable conversación sostenida por los hombres, por las mujeres desde que tuvieron el don de la palabra. Se pusieron más locuaces cuando lograron describir por escrito lo que son, lo que hacen, lo que sienten. Pero hasta ahora o hace poco no han tenido bastante coraje y desenvoltura como para decir en público sus bajas pasiones, sus sueños encubiertos entre sábanas, sus fantasías oníricas, sus delirios eróticos y otras menudencias que se esconden bajo la alfombra del mutismo, muy para callado.

Al fin y al cabo lo que hace diferente y humano al hombre es la palabra, el susurro de la mente. El pretenciosamente llamado “homo sapiens” sabe silenciar gran parte de lo que es. Enmudece respecto a mucho de lo que siente, a cosas que sucesivas culturas y religiones han creído que no deben manifestarse. De repente llega un deslenguado indecente y se pone a gritarlas en la calle. Hasta las escribe para que los espíritus delicados se enteren de secretos que no son para ventearlos en público.

El hombre es un gran hablador. Habla siempre, sobre todo consigo mismo. Es el rey del soliloquio. Ese fue el material que Joyce explotó de preferencia en Ulises. Allí se expuso la conciencia y la subconsciencia, incuso lo indecible. El individuo se desata en la autocomplacencia lingüística irrefrenable. Da rienda suelta a su sinceridad. La suma de toda aquella habladuría, un continente o un planeta de palabras es material útil para conocer la historia íntima de esa humanidad en gran parte desconocida porque estuvo tapada; vivió y sigue viviendo sometida a censura y autocensura.

Volodia Teitelboim (2002)
Ulises llega en locomotora
Santiago: LOM; pp.35-36.

Fotografía: James Joyce Statue In Trieste, modificada por Felipe Lavín Zumaeta con licencia BY-NC-SA de Creative Commons.